Posteado por: importanciadevivir | julio 10, 2011

De cómo la vida se volvió una cosa ‘jartísima’

Perezosamente botada en su cama, Mariana, de quince años, pasea por todos los canales del televisor, mirando sin ver, oyendo sin escuchar.
Se para, se mira al espejo y no se gusta, se siente opaca y marchita. Tal vez este fin de semana debería cambiarse el tono del cabello. Nuevamente se recuesta en la cama y pasea por todos los canales. Nada le interesa lo suficiente como para quedarse ahí más de quince segundos. Definitivamente, sus padres deberían contratar el paquete de nuevos canales. Sin apagar el televisor prende el radio y ni aún la emisora que en otras ocasiones le divierte tanto, le atrae ahora. Lo apaga. Hojea una revista y la deja de lado. Prende el ipod y aunque tiene cientos de canciones, le aburre pensar en volver a escuchar cualquiera de ellas. Lo ha hecho ya demasiadas veces, tendrá que conseguir unas nuevas. Además este ipod es un poco anticuado, le faltan varias funciones sin las cuales no le dan ganas de usarlo. Ojalá lo pueda cambiar pronto. Se sienta en la cama y toma el computador que tiene al lado. Hay tres invitaciones a chatear pero, ya sabe lo que van a decir y lo que va a responder. Otra vez lo mismo. Lee algunos mensajes y se da cuenta de que no les está prestando atención. Nada que valga la pena. Debería ponerse a hacer el trabajo de biología, pero no quiere. Decide que no lo va a hacer hoy. Pero lo que sí tiene que hacer es revisar el uniforme para mañana, la última vez que lo usó se le  rompió el ruedo, habrá que coserlo. ¿Dónde lo dejó? Siente su cuerpo dormido, pesado, hastiado. Siente su espíritu más apagado aún. ¿Qué hará esta tarde?

Desde hace unos días el malestar crece y crece sin parar. Los conflictos con sus padres son cada vez más frecuentes. Pero, siendo honesta, no es solo con ellos. También con sus profesores y hasta con sus amigas. Los encuentros con ellas la obligan a esforzarse para estar en sintonía, pero ve que son repetidos, todo es horriblemente aburrido. Lo mismo una y otra vez. Pensándolo bien, se siente harta de sí misma, de hacer y hacer, de buscar y buscar, y de ni saber qué es lo que busca. Ese hastío ha empezado a convertirse en angustia. De pronto, ahí acostada en su cama, siente un susto muy real, amenazante. Su garganta está seca y en su estómago revolotean mariposas pero de las feas, como si estuviera caminando sobre una cuerda en el vacío y perdiera el equilibrio por un instante. A su edad, ha visto suficientes tragedias que empezaron por ese camino y no está dispuesta a recorrerlo. ¡Necesita urgentemente entender qué es lo que le pasa!

Se voltea en la cama y queda frente a frente con Tito, su osito de peluche. La ha acompañado toda la vida. ¡Cómo lo adora! Lo acaricia con los dedos, lo abraza y siente una ternura inmensa, sus ojos se llenan de lágrimas, siente que ha perdido cosas preciosas, que nunca las va a recuperar y que todos los años que vendrán serán una lucha incansable para evitar el sufrimiento. Y no cree que ella sea capaz de soportarlo. ¿Cómo pudo suceder esto? Recuerda que antes cada vez que veía a su oso y sus otros juguetes era una fiesta, un encuentro como de primera vez. Recuerda que ella misma era una campanita, como decía su mamá. Cuando tenía dos, cuatro años, todo le entusiasmaba, le sorprendía, le divertía, la primera, la segunda y todas las veces. Y lo nuevo y desconocido la hacía poner alerta pero no le impedía intentar, ensayar, caerse y levantarse, descubrir, disfrutar! ¿Qué paso?????

Se queda meditando. Su pequeño hermano Nico, que aún no ha cumplido 5 años, aún es así … se divierte con cualquier cosa, con la lluvia,  con el sol, con las manos de su padre, con el cabello de su abuela, con una lombriz o con un trozo de papel.

Luego de tres llamados a almorzar, con pocas ganas y mucho esfuerzo, se dirige al comedor. Está silenciosa y sorprendentemente la dejan en paz. La atención está en Nico. ¿Cómo pasaste en el colegio? ¿Qué hicieron? ¿Presentaste el trabajo? ¿Qué dijeron? ¿Le gustó a la profesora? ¿Y a algún niño le quedó tan bonito como el tuyo? ¿Ya definieron a dónde van a ir de excursión? ¿Qué vas a llevar? Este año no te olvides usar bloqueador solar. Tendremos que comprarte otro morral, el que tienes está muy feo. No vayas a llevar los zapatos grises sino los azules. ¿Ya cambiaron ese profesor de canto que no me gusta nada? Acuérdate de esto y cuídate de aquello. ¿Tienes tarea para mañana? ¿Cuál es tu color favorito? ¿Cuál es tu programa preferido? ¿Qué vas a ser cuando grande? ¿Te gustaría vivir aquí o allá? ¿A quién quieres más? Tan pronto termines el almuerzo recoge tus juguetes, si lo haces rápido te dejo ver una hora más de televisión … bla … bla … bla

Mariana siente un vértigo repentino y algo de náuseas. De pronto se siente como observando la escena desde otro plano. Preguntas, preguntas, preguntas. Órdenes, órdenes. Juicios. Consejos, consejos y más consejos. Siente cómo el pobre Nico es obligado a saltar de aquí para allá al ritmo de lo que todos dicen. Haciéndole preguntas, obligándolo a hacer elecciones de por vida, diciéndole cosas que ya le han dicho muchas otras veces, haciéndolo decir lo que quieren oír.

Entretanto, el pobre niño se esfuerza en hacer lo suyo. Se estira para ver qué hay de almuerzo y se emociona al descubrir que prepararon pollo en salsa. Con los ojos entrecerrados huele el aroma que expide el planto de comida caliente. Mete el dedo en el vapor, lo obliga a cambiar su camino y se esfuerza en sentir el calor. Observa la comida, usa a veces los cubiertos y a veces las manos; barre la salsa con los dedos y se los chupa. Juega con una papa frita, examina un trozo de carne. Mira el bocado antes de llevarlo a la boca. Mastica despacio, la atención puesta lo que sucede en el interior de su boca. Enfocado, acompaña a su lengua en el recorrido por las temperaturas y las texturas. Mira la bandeja de la ensalada buscando más tomates, que le gustan tanto, y emocionado rescata uno que había quedado oculto bajo un trozo de lechuga.

“¿Nico me estás poniendo atención?”, grita su padre. “Tienes que aprender a escuchar, es una falta de respeto que te hablemos y ni nos pongas  atención.” Contra su voluntad, la conversación lo aparta de su momento de goce y lo lleva una y otra vez a ayer, anoche, al colegio, a lo que pasará mañana, pasado mañana y dentro de veinte años.

Él es un chico, solo un niño pequeño, confía en los adultos, se deja guiar y poco a poco, día a día, va cediendo terreno. Cada vez presta más atención a lo que le dicen, se proyecta al pasado y al futuro y permanece menos tiempo en el presente.

¡Eso es! Algo hace click en la mente de Mariana. ¡Eso es! Nico intenta estar al cien por ciento en lo que está haciendo en ese momento, quiere disfrutar, degustar, observar, oler, saborear, sentir la comida. Goza inmensamente cada alimento como si fuera la primera vez. Así era ella, así era la vida cuando todo tenía alegría. Pero los adultos lo apartan una y otra vez para llevarlo al pasado o al futuro, incansablemente, al pasado y al futuro.

Mariana recuerda algo que escuchó: “Solo es posible SER en el momento presente”. Le pareció una frase vacía y bastante idiota. Pero ahora la entiende. Ese es el punto. Para ella cada vez son más escasos los momentos en que está en el presente. De todos lados llega presión para enfocarse en lo que pasó o en lo que va a pasar. En lo que tiene y no quiere tener, en lo que no tiene y va a tener. Y se da cuenta de que en el proceso de volverse adultas, ella y sus amigas están perdiendo aceleradamente la capacidad de disfrutar lo que tienen, lo que hacen, lo que son. La manía, obsesiva diría ahora, por repasar el pasado y planear el futuro las lleva cada vez más tiempo a pensar atrás o adelante, pero no aquí y ahora. Pensar en la siguiente canción, el próximo celular, el nuevo canal, lo que harán, dirán y sentirán cuando venga el futuro … qué haré cuando llegue ese muchacho que me gusta, qué voy a estudiar, qué profesión tendré, con quién me voy a casar, cuántos hijos tendré, qué carro manejaré, qué tipo de casa voy a comprar, a dónde viajaré …. Es muy difícil permanecer disfrutando de estar, simplemente estar y ser y hacer lo que hay en este momento! Y genera TANTO CANSANCIO! Insatisfacción y cansancio. Eso es lo que ha venido sintiendo.

Le parece como si hubiese descargado un bulto que llevaba sobre sus espaldas. Pero le surge otra pregunta. Con todos los defectos que ve a sus padres, sabe que son sensatos y la quieren bien a ella y a su hermano. ¿Cómo es que son precisamente ellos los que más la han llevado a esta situación de insatisfacción, de necesidad de pensar en lo pasado y lo futuro y no disfrutar el presente?

Tan pronto piensa la frase se da cuenta. Eso de disfrutar el presente suena bastante superficial, pagano, embrutecedor, irresponsable. Querer disfrutar todo el tiempo suena un poco animal. Sabe que si lo dice en voz alta va a recibir dos años de explicaciones y reconvenciones. Lo humano es mirar atrás, repetir la película y querer quedarse ahí si las cosas salieron bien, o sentir culpa y lamentarse si es que salieron mal y proyectarse urgentemente a cómo lo hará la próxima vez. Lo ‘correcto’ es ser responsable y planear el futuro. Tal vez ellos, sus padres, están tan asustados de haber hecho o no lo correcto y tan preocupados de preparar todo para que la puesta en escena del futuro sea perfecta, que por eso tercamente se mueven para allá todo el tiempo. Sí, tal vez es el miedo. Tal vez de ahí viene la seriedad y la responsabilidad convertidas a ratos en amargura, ansiedad o estrés. ¿Pero es que acaso la responsabilidad y la alegría de vivir deben ser excluyentes?

¡Pues NO! En ese momento siente que está atrapando algo que será decisivo para su vida. No está segura de la conclusión o las conclusiones. Pero está segura de cómo no quiere vivir. Está muy segura de que puede rescatar esa alegría que perdió y que Nico aún conserva. Y que no tendrá que sentirse mal, irresponsable o inhumana por hacerlo. Es suficientemente grande para saber que la vida no será solo sonrisas, y que afuera de su mundo existe uno mucho más complicado y millones de personas en reales dificultades. Pero se da cuenta que salir al mundo y a la vida llena de energía y de alegría no significa desconocer los retos sino estar mejor preparada para ayudarse y ayudar. Sabrá encontrar el camino, es su compromiso, es cuestión de vida o muerte, de cómo serán sus próximos sesenta o setenta años de vida. Y siente una alegría simple, como un rayo de luz revitalizante que entra y rompe esa modorra y resquebraja ese hastío. Sonríe. Síiiiii ésto se vuelve a poner divertido! No sé cómo lo haré, pero estoy segura de que encontraré el modo de hacerlo.

Entretanto Nico juega a recoger con la cuchara la mayor cantidad posibles de alverjas. Va a romper su propio récord. Acaba de recoger diez, ahora va por las doce. Mariana siente deseos de ver a cuántas llega ella.

Melba Elena Ramírez

Coach Internacional Certificada ICC

www.laimportanciadevivir.org


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