Posteado por: importanciadevivir | mayo 26, 2015

Me Declaro Víctima y Renuncio a Seguir Siéndolo

La razón por la que no quieres leer esto puede ser la razón por la que debes leerlo.

Leer este texto te puede tomar diez minutos. Reflexionar sobre él y asimilarlo tomará un poco más.

Este texto no pretende reemplazar a la ley colombiana ni a las leyes internacionales, ni argumentar a su favor o en su contra. Este texto pretende movernos a rescatar la esencia de la naturaleza humana al interior de cada uno de nosotros mismos.

En el sitio web de la Unidad para la Atención y la Reparación Integral a las Víctimas se indica que a 1º de Mayo de 2015 hay en Colombia 7 millones 392 mil 679 víctimas reconocidas legalmente.

Según la Ley 1448 de 2011, “se considera víctima a quien individual o colectivamente haya sufrido, a partir del 1 de enero de 1985, daños por homicidio, masacres, secuestro, desaparición forzada, tortura, delitos contra la libertad e integridad sexual en el marco del conflicto; minas antipersonales, munición sin explotar y artefacto explosivo improvisado; acto terrorista, combates, enfrentamientos y hostigamiento; desplazamiento forzado y despojo forzado de tierras (en este caso solo si ocurrió a partir del 1 de enero de 1991).” Y luego establece que “… no son víctimas quienes estén vinculados a un grupo armado al margen de la Ley.”.

Aun cuando la ley fija unos parámetros específicos para cumplir con sus propósitos de reparación a los afectados, considero que el cien por ciento, es decir, todos y cada uno de los colombianos nos debemos reconocer como víctimas. Yo afirmo que todos y cada uno de los colombianos, incluyendo a los que no viven en el país y a sus hijos y nietos nacidos en el extranjero, somos víctimas de la violencia que existe en nuestro país desde hace más de 60 años.

Recordemos que el DRAE define como víctima a la persona o animal sacrificado o destinado al sacrificio; persona que se expone u ofrece a un grave riesgo en obsequio de otra; persona que padece daño por culpa ajena o por causa fortuita; persona que muere por culpa ajena o por accidente fortuito.

Entonces, ¿quién puede excluirse como víctima? ¿Quién puede declarar que no ha sufrido daño por el hecho de estar inmerso en la vida física, social y cultural del país?

Considero, por lo tanto, que esto no excluye ni siquiera a quienes han llevado a cabo los hechos victimizantesy a que todos hemos sufrido daños en su integridad emocional e incluso moral.

Aún si algunos no hemos sido objeto directo de un acto violento como los que menciona la ley, todos desde que nacimos hemos escuchado en la radio y en las conversaciones cotidianas, visto en la televisión, leído en la prensa y en internet o presenciado a nuestro alrededor numerosísimos actos violentos, y quizá estado en contacto cercano con víctimas de ellos.

Hemos sido testigos de actos espantosos, crueles, aberrantes, monstruosos, infames, inconcebibles. Y hemos estado sometidos a esto por días, meses, años y más años. No hay forma de ser invulnerables desde el nacimiento. Tal vez sí la hay de hacernos invulnerables trabajando fuertemente nuestra la conciencia del entorno y de nuestro poder interior. Pero esto toma años en descubrirse y desarrollarse y mientras tanto, inevitablemente, habremos sido víctimas.

Nuestra postura mental y emocional ha sido grandemente afectada desde nuestro nacimiento como consecuencia del solo ser testigos de tanta violencia durante años. Nos hemos forjado ideas más bien rígidas de cómo son las personas que cometen estos actos. De cómo deberían actuar.

Hemos generado sentimientos y experimentado emociones que nos han contaminado. Que nos despiertan el deseo de que el victimario sea víctima. De actuar sobre él con la rudeza con la que ha actuado frente a su víctima. Al menos en nuestro corazón, muchos, muchísimos, tal vez todos, nos hemos convertido también en victimarios. Hemos deseado con odio y rencor el dolor, el sufrimiento. El deseo de venganza nos ha endurecido hasta igualarnos con ellos: también deseamos que su sangre sea derramada, que sus parientes sean violados, que sus cuerpos sean destrozados y sus espíritus sufran antes de desaparecer de la faz de la tierra.

Algunos han ido tan lejos, que no reconocen sus emociones como indeseables, igual a lo que le sucede a muchos de los victimarios originales. Algunos han perdido tanto que van en contra de sus propios principios, y son incapaces de verlo. ¡Esto es ser víctima! ¡Esto es extremo! Cuando detestas tanto una acción y sin embargo terminas deseando que suceda, incluso tomando acción para que sean más y más las personas que también sienten y quieren eso mismo, entonces ¡eres una víctima innegable del medio en que te desarrollaste!

¿Cómo sería una madre que asesina a su propio hijo porque él opina que matar a los hijos es correcto?

¿Cómo es una persona que desea asesinar o torturar a quienes asesinan y torturan porque le parece intolerable que un ser humano asesine o torture? ¿Cómo pensarlo y desearlo sin renunciar a su propia esencia humana?

¿Cómo es una persona que desea ultrajar, violentar, ignorar al ser humano que hay en otro, porque esa persona ultrajó, violentó e ignoró al ser humano que había en otros?

Así formuladas las preguntas anteriores, llevan a respuestas contundentes. Surge el ‘pero’ y nos creemos a salvo. Que podemos ser coherentes y humanos y al mismo tiempo ignorar las incoherencias.

Eso es ignorar los propios principios. Es lo que los victimarios nos hicieron. Es lo que alguien también les hizo a ellos.

No solo nos quitaron la paz, los bienes o a un familiar. También nos quitaron los principios.

Pero no lo hicieron forzadamente. Los principios no se pierden por decisión ajena. Lo elegimos, aunque muy probablemente lo hicimos inconscientemente, sin darnos cuenta cuándo y qué elegíamos.

Así que todos somos víctimas. Todos hemos dejado que en nuestros sentimientos y en nuestros pensamientos prosperen las mismas semillas venenosas que hay en los victimarios y que nos hacen considerarlos aborrecibles. Las mismas semillas que en algún momento, antes de dejarnos arrastrar por la corriente, consideraríamos triste, doloroso, aterrador, vergonzoso ver en el corazón de nuestro hijo, nuestro hermano, nuestra pareja, nuestra madre.

Quienes se dejan llevar de tales sentimientos y pasan a la acción, entran a engrosar las filas de los victimarios. Pregunta a cualquiera de ellos y tendrá una ‘razón’ ‘inteligente’ y ‘humana’ para hacer lo que hace. Algún día fue víctima. En su cuerpo o en sus emociones. Y detrás, haciendo fila, van muchos otros que se consideran radicalmente diferentes a ellos. Que clasifican al mundo en víctimas y victimarios sin darse cuenta que ahora somos lo uno, luego somos lo otro. Hasta cuando nos hacemos cargo.

Por lo anterior, no solo todos somos víctimas. La mayoría, o quizá todos, somos victimarios o vamos en camino de serlo.

Hoy cultivamos las semillas de la violencia y las esparcimos día tras día por el territorio abonado de quienes están a nuestro alrededor. La víctima promoviendo que haya más victimarios. Sin piedad, sin consideración, sin reflexión, sin argumentos. Justificado con el deseo de lograr un jardín florido sembrando bombas. La cordura perdida. La sensibilidad destrozada

¿Irremediablemente? Estoy firmemente convencida de que no. La conciencia, entendida como LA CAPACIDAD DE DARNOS CUENTA DE NOSOTROS MISMOS Y DE NUESTRO ENTORNO, es la herramienta más poderosa de que dispone el ser humano para cualquier propósito.

Si nos reconocemos vulnerables para la violencia, reconozcámonos también vulnerables para pensamientos, sentimientos y actitudes que nos pueden sacar de ella. Reconocernos vulnerables es un paso importante en el proceso de recuperar nuestra integridad. Saber que el entorno nos puede afectar y nos ha afectado. Y también saber que nuestra fortaleza empieza no con la oposición rígida sino con la flexibilidad consciente de quien sabe qué es, qué tiene y cuáles son sus valores supremos.

La resistencia rígida nos quiebra. La resistencia basada en la integridad interior nos mantiene aún en las más tenebrosas tormentas. Solo eres responsable de lo que tú eliges, de lo que tú haces. Sea que lo hagas de manera consciente o inconsciente. Las acciones u omisiones de otros no te agregan ni te quitan responsabilidad.

Anteriormente se creía que las personas sentían lo que sentían, creían lo que creían, pensaban lo que pensaban y hacían lo que hacían de manera inevitable. Por su naturaleza. ¡Así soy yo! Eso está mandado a recoger. No por decreto sino como resultado de conocimiento alcanzado a la altura del siglo XXI, sobre la conducta humana y el funcionamiento del cerebro. Conocimiento que muchas veces conveniente o cómodamente ignoramos a pesar de vivir sumergidos en las comunicaciones y el conocimiento más abundantes que ha visto la humanidad. Esto es elegir. Tal vez inconscientemente, pero elegido.

Frente a un mismo hecho, banal o profundo, podemos elegir.

Víctor Frank, neurólogo y psiquiatra austríaco, lo hizo. En condiciones extremas, prisionero en un campo nazi, viendo la muerte por todos lados, habiendo sufrido la pérdida de los suyos, enfermo, humillado, denigrado al máximo, sin futuro, sin espacio para la esperanza. Hizo un descubrimiento asombroso: otros pueden elegir dónde estoy, qué hago, quién vive y quién muere. Pero solo yo elijo lo que hay en mis pensamientos y en mis sentimientos. Dijo: «El amor a uno mismo es el punto de partida del crecimiento de la persona que siente el valor de hacerse responsable de su propia existencia.»

Hay ejemplos en donde los queramos ver. Está la mujer violada que elije suicidarse, o la que elija dedicar su vida a denunciar, generar conciencia y apoyar a las víctimas de delitos atroces, convirtiéndose en fuente de consuelo y alivio para muchos, y creando un punto de inflexión en la conciencia sobre las causas de la violencia.

La violencia externa no justifica la violencia interior. La violencia interna nos hace uno más de los actores violentos, sea que la manifestemos o no. Porque la violencia interna nos violenta, nos maltrata, nos genera resentimiento, odio, frustración, ira, amargura, rencor, desprecio, deseo de volcarla en algo o en alguien.

No recuperamos nuestra humanidad por decisión de terceros. La recuperamos por decisión personal. Por la elección individual de lo que creemos, pensamos, sentimos y hacemos con coherencia y en armonía.

Cada uno elige. Nadie elije para otro. Ese es el poder indelegable de la naturaleza del ser humano. Ocuparnos de nosotros mismos, de nuestro auto conocimiento y comprensión, es lo mejor que podemos hacer por la humanidad.

“El hombre es hijo de su pasado mas no su esclavo, y es padre de su porvenir.» Víctor Frank.

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Responses

  1. Comparto reflexión de Jorge Meléndez, Life Coach:
    “Ser víctima en la vida tienes muchas identidades, matices y formas de manifestarse. Mucha gente cree que ser víctima es el que se queja, el que se llama llorando o el que se muestra débil, lo que puede ser cierto en algunas ocasiones pero ser víctima se puede reflejar de muchas maneras como el no quejarse con nadie pero vivir con la queja interna; el que siempre vive de mal genio; el que lo sabe todo; el que no escucha; el que no perdona; el que siempre vive a la defensiva; el que siempre está en reacción; etc.
    Ser víctima es elegir una interpretación de los HECHOS donde se caracteriza por tres cosas:
    1) La forma en que comunica las cosas (donde su poder no está en sus manos pero cree que el tener la razón se la da, cuando en realidad la pierde).
    2) Por la forma en que se comporta (típicamente elige ser ADVERSARIO, RESCATADOR o VICTIMA).
    3) Por la manera en que se expresa de sus resultados (culpa, señala, no acepta, critica, compara y permite que la insatisfacción nuble la realidad y se quede en sus INTERPRETACIONES limitadas de las cosas. Y lo triste es que la víctima busca solidaridad entre los que tiene cerca para darle fuerza a su historia y, al encontrarla, muchas veces se queda ahí y nunca se libera de ello.
    Es hora de matar la víctima que llevas dentro que se refleja en tu manera de pensar, comunicar, comportarte y como te expresas de tus resultados. Lindo día!”


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