De la Perfección

Buscar la perfección implica creer que existe una forma que es la correcta. Y las demás no lo son. Ser perfeccionista es creer en la existencia de una única verdad, es considerar que lo que no se hace de la forma correcta es un error, y no queremos errores voluntarios en nuestras vidas.

Siempre creí que existía una forma correcta y ser perfeccionista se integró a mi manera de ser de manera casi inseparable. Con el tiempo me abrí a la posibilidad de que las cosas fueran de otra manera. ¿Qué era lo importante, el camino o el resultado? Si quería un plato delicioso, ¿qué importaba si quedaba bien aún cuando los tomates no fueron cortados como aprendí que debían serlo y el plato sin embargo estaba delicioso? Si quería un hogar agradable, ¿podrían la armonía y el buen humor servir para ignorar la existencia de cosas fuera de lugar, o una forma de vestir o de un corte de pelo ‘horribles’? ¿Qué era lo importante?

Cuando me repetía la pregunta ¿qué es lo importante para mí?, mi respuesta se enfocaba en las personas, en la felicidad, en compartir el amor con ellos, en disfrutar su presencia, darles un ambiente adecuado, darles buen ejemplo, hacer lo correcto. Sin embargo sucedía una y otra vez que las cosas no estaban como yo las esperaba y eso hacía mi vida profundamente infeliz. Me frustraba tanto que llegué a estar dispuesta a sacrificar la compañía de otros con tal de tener el mundo como yo lo esperaba. Pero sentía que algo no era coherente aún cuando no sabía qué. Persistí con la pregunta: ¿qué es lo importante para mí? Y descubrí la incoherencia: con mi pensamiento ponía a las personas en primer lugar, pero con mi acción las cosas iban antes.

Así que, ¿si quería tener una relación tranquila y amorosa con la gente, debía renunciar al orden, la limpieza, la organización y el método correctos? ¿Tenía que elegir? Entonces, ¿yo tendría que perder algo? No me gustaba.

Hice algo muy atrevido para mí. Me arriesgué a imaginar ¿en verdad, qué pasaría si las cosas no están organizadas o no se hacen como yo lo espero? Era una pregunta que me violentaba. Despertaba en mí rebeldía, como que era encaminarse a renunciar al mundo como me enseñaron que debía ser, como que yo no era suficiente para tener ese mundo ‘perfecto’, como que me quitaban algo.

Sin embargo ya vivía tan incómoda que otro poquito de incomodidad mental no sería tan grave, así que me arriesgué, di unos pasos adelante y me adentré en la negra caverna mental del mundo como no debía ser. Miré alrededor y vi que en el trabajo había muchas cosas que se podrían hacer para que quedara mejor pero … nadie parecía notarlo mucho, así que quizá yo también podría relajarme al respecto e irme un poco más temprano; en casa había algo de polvo pero igual el ambiente era acogedor, tenía los muebles y adornos que me gustaban, la casa me agradaba mucho de todas maneras; algunas cosas no duraban tanto como sería posible si las cuidara muchísimo pero igual iba a desaparecer algún día y de todos modos eran solo cosas; el jugo no estaba preparado como se prepara ‘bien’, ¡pero sabía bien!; mi habitación estaba como yo la quería, los demás la tenían como ellos querían y yo me imaginaba “qué loco, cómo les puede gustar vivir así … pero allá ellos, lo bueno es que están viviendo como quieren; a mí me gusta tener esa posibilidad, qué bueno que ellos también la tengan”.

Continué caverna adentro — pero debo confesar que ya parada allí no parecía tan caverna — si las cosas estaban de esa forma, como yo no las quería, ¿qué más cambiaría? … pues habría más paz, compartir sería más agradable, le daríamos más tiempo a otras cosas y tiempo era algo que realmente me hacía falta en la vida — eso iba bien. Me tensionaría menos, vivir sería más agradable para mí y para otros. Para entonces aquello ¡de caverna no tenía nada!

Ufff ¡pero tendría que admitir ahí todas esas cosas hechas como no se debe! Bueno, siempre me he creído que soy capaz de muchas cosas, que soy superior a muchos retos e incluso más fuerte que mucha gente. ¿Será que tolerar esas cosas sería superior a mis fuerzas? Esto ya ameritaba pasar de la elucubración a la acción.

Bueno, un ensayo pequeño: los platos se quedan sin lavar un día. Guashhh … algo me decía que eso es anti-higiénico, que van a proliferar las bacterias, que la cocina se verá horrible, que no me va a gustar y que si otros la ven van a creer que yo soy así, sucia, desordenada y desagradable. Mmmm sí, eso ya lo había pensado antes, pero ¡experimento es experimento! Si voy a pensar lo mismo, me lleva a sentir y hacer lo mismo. Entonces sale, me pongo a cantar una canción, no paso por la cocina, me distraigo, aprovecho el tiempo para conversar con alguna persona. Lavo la loza otro día y queda todo lindo, como me gusta otra vez. Wow me gustó. No era tan difícil.

En el trabajo surgen más opciones para practicar: haremos este proyecto en tales y tales términos. Salta mi mente ¿Y las actividades E, M y F? ¿No las haremos? ¡El trabajo quedará MAL! … ¿o no? Mmm, quedará bastante bien, funcionará para el propósito que se busca, encajará en el tiempo y el presupuesto que hay, a los demás involucrados les resulta satisfactorio. Listo … soltemos el tema.

Así seguí practicando y la verdad me fue gustando. El resultado es muy bueno. Lo malo fue que me tomó varios años, pasar muy malos ratos y hacérselos pasar a otros. Algunas consecuencias definitivamente no las pude reparar.

El golpe final llegó cuando me puse a pensar — esta una manía que tengo — y ¿quién fue el que dijo que las cosas era así y no asá?

¿Recuerdan que el universo es mi contexto? Pero para en ese entonces empezaba a serlo. ¿Cómo es que las cosas llegaron a definirse de esa manera, la -supuesta- manera perfecta? Mientras existió el universo, durante más de 13 mil millones de años, antes de que existiera el hombre, las cosas no eran para nada de manera que nos gustaran, o más exactamente, de manera que a mi familia le enseñaron que eran correctas. De eso no tengo la más mínima duda. Las cosas simplemente ERAN. Y eso no generaba ni alegría ni tristeza.

Luego aparecemos los hombres, nos inventamos preparar jugos, hacer proyectos, tener carpetas e irnos de vacaciones. ¿Para qué? Siempre hay un propósito: para saciar la sed y disfrutar el jugo de las frutas, para logar resultados complejos, para sentir gusto teniendo cerca cosas estéticamente agradables, para descansar cambiando de ambiente y de actividad. Luego a alguien le dio buen resultado hacerlo de una forma. Pero en otros lugares de la tierra con toda seguridad no lo hacen igual, incluso la familia de al lado no lo hace así. Esta forma de lograr el resultado ‘correcto’ es solo UNA forma. Y el ‘resultado correcto’ es solo UN resultado conocido y aceptable para mí. Luego esa forma de hacer las cosas es perfecta para mí, para mis gustos, para mis creencias y sobre todo para mi costumbre. ¿Será que si otros pueden disfrutar de las cosas hechas de otra manera yo no? Será que si hasta ahora me he preciado se ser en cierta manera superior por tener y valorar la receta perfecta, pasar a ser alguien que tiene versatilidad para cambiar de receta y además disfrutando el camino y el resultado no es una prueba más tangible de mi capacidad, de mi grandeza?

Me lancé al agua, y los resultados han sido maravillosos. Soy consciente ahora de que la forma de hacer las cosas es mi elección. De que soy poderosa para elegir cuál forma usar o para atreverme a innovar, fracasando a veces, disfrutando todas. Me doy cuenta de que apegarme a una forma particular es crearme una vulnerabilidad que no necesito, me hace débil y frágil, dependiente y molesta, reduce mi libertad. Así que antes de empecinarme en una forma particular de hacer las cosas, vuelvo y me pregunto: en verdad ¿qué es lo importante para mí?

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