De la Felicidad

Desde pequeña, y durante mucho tiempo, pensaba que la felicidad era una meta, un lugar en el tiempo y en el espacio en donde todo era perfecto y permanecía así. Llegar allá era la búsqueda tras la cual toda la vida se estructuraba y creer que quizá algún día eso sucedería hacía que valiera la pena vivir e incluso sufrir.
Por la época de mi graduación en el colegio, alguien escribió para mí en un hermoso cuadernito de pensamientos que aún conservo: “La felicidad no existe. Solo hay momentos felices”. Y esa frase me gustó. Me liberaba un poco de la preocupación de encontrar LA FELICIDAD, con mayúsculas. La interpreté también como un no esperar la felicidad permanente, sino solo momentos estelares que tendría en la vida y con los cuales me debía dar por satisfecha. Esto trajo implicaciones que tardé más de 30 años en develar.
En algún momento la insatisfacción me llevó a explorar y poco a poco fui descubriendo que esa creencia inicial estaba plagada de trampas, que conducían exactamente a la infelicidad. Veamos.
La felicidad es un lugar, en el tiempo y/o en el espacio. Es muy fácil encontrarle cosas por mejorar al lugar en el cual viva, aún si es espléndido. Es muy fácil encontrar cosas por mejorar en el tiempo en que vivo. Quizá soy muy jóven, quizá muy vieja, quizá estoy muy sola y desconectada, quizá estoy sobrecargada de responsabilidades y agobiada de compromisos o libre para derrumbar y recrear. ¿Por qué es fácil encontra opciones para mejorar? Porque yo no soy un ente estático y anquilosado. Porque todo cambia, incluso la luz del día es distinta de una hora a otra, ni qué decir de mi entorno familiar, laboral, social, de mi país, del mundo, de mis sentimientos, de mi estado de ánimo, de lo que sé, de lo que necesito – a veces, comer, dormir, descansar, reflexionar, trabajar-, de lo que prefiero en cada circuntancia – compartir con los demás, estar a solas, interactuar, escuchar, moverme, conversar, aprender, enseñar, gozar, pensar.
La felicidad es cuando todo está perfecto. Esta frase, aparentemente incuestionable, hoy solo la puedo calificar como aberrante. Buscar la perfección implica que ella exista. Obvio. Y ¿qué es lo perfecto? Es un patrón mental en el que, cual zapato en el pie de Cenicienta, esperamos que todo encaje. Si sucede, eso es perfecto. Si no sucede, es imperfecto. ¿Y quién define el patrón? A veces pensamos que el sentido común. Pero no hay tal.
Las ideas, los conceptos son productos del intelecto, de la mente humana. Atención a esto. Como el universo es mi contexto, recuerdo que la especie humana es menos que un grano de arena en él; la mente humana es solo una característica de esa ínfima especie. Y los nombres que usamos para definir las cosas, los atributos que damos a esos nombres – sean objetos, eventos o relaciones -, son solo nuestra humana forma de designar algo percibible de manera similar por la gran mayoría de los especímenes humanos. Por eso nos funcionan. Si intentásemos conversar sobre ellas con un espécimen que las ve diferentes – gusano, pájaro, microbio, un planeta, una constelación – no nos entenderíamos para nada. Sus escalas de percepción y por tanto de medición y de valoración, son radicamente diferentes. Para todos los hombres las cosas SON iguales unas a otras porque las percibimos con instrumentos físicos y mentales iguales o cuando menos muy similares, pero ellas no SON esos atributos que les damos.
La perfección es solo una lista de características deseables. ¿De dónde sale? Es el producto colectivo de mentes humanas. Ya eso nos abre la puerta a una realidad. La perfección no es algo existente per-se, sus atributos son discutibles, estarán sesgados por las épocas, las creencias, la cultura, la educación, el entorno y las circunstancias del observador. ¿Qué es lo que hacemos? En determinado momento reunimos todos esos requisitos, los empaquetamos, congelamos, plastificamos, petrificamos y etiquetamos: ‘perfecto’.
Luego, todo se reduce a dedicarnos a deambular por la vida buscando que nuestras circunstancias y entorno encajen con esa perfección, para luego proceder a sentirnos felices como consecuencia. Dudo entre llamarlo imbécil o demente. Pero en cualquier caso, aberrante. Y un distractor tremendamente efectivo para alejarnos de la felicidad.
La felicidad es cuando todo permanece perfecto. Enfoquémonos en la parte de ‘permanece’. ¿Qué cosa en el universo permanece? Absolutamente NADA. Ni el mismo universo. Hay escalas de tiempo muy diferentes: para nosotros la vida son 80 años, para la mosca unos días, para el universo miles de millones de años. Pero para todos la vida es tiempo de transformación permanente, a la velocidad que sea. Para nada ni para nadie conocido, el tiempo es de permanencia estática. ¡Ni tampoco nos gustaría! Por agradable que sea la fiesta llega el momento en que queremos que se acabe, por interesante que sea la compañía llega el momento en que deseamos estar solos o con otras personas, por creativo que sea el trabajo llega el momento en que deseamos cambiar de actividad, por eufóricos que estemos no queremos permanecer exactamente así de manera indefinida. Entonces, ¿de dónde defiinir que lo que no permanece no es parte de la felicidad?
Cuando leí a Lin Yutan en “La importancia de vivir” encontré un capítulo que me impactó especialmente, referido como El Festín de la Vida. Entre otras cosas incluye una enumeración de los momentos felices que cierta vez Chin Shengt’an – crítico impresionista del siglo XVIII – contó con su amigo, cuando estuvieron encerrados diez días en un templo a causa de las lluvias. En verdad, para mí fué mágico, aunque tardé décadas en derrumbar los conceptos -juicios o mejor prejuicios- con que estaba etiquetado el tema en mi mente. Es verdaderamente hermoso, lírico.
Me llevó a darme cuenta, a tomar conciencia, de que la felicidad está por ahí regada por todos lados, de que la felicidad está en mi cerebro, en mis ojos, en mi olfato, de que la felicidad es biológica, está atada a mi experiencia humana, no la puedo experimentar, como no puedo experimentar NADA, sino a partir y a través de mi ser físico. Y está disponible en todo momento y en todo lugar.
Mucho tiempo después hice otra cosa … ¿tonta? ¿loca? ¿astuta? Como sea. Pero ¡tremendamente efectiva! Ya que me gustan las etiquetas, me compré una que dice ‘Yo soy una mujer feliz’. Me la puse. Al principio no pasó nada. Luego escuchaba una risita. ¿Feliz? Mírate en este rollo, te veo preocupada … jaja ¿no dizque eres la mujer feliz? Pero seguí. Afortunadamente he cultivado la actitud de ser terca e importarme poco lo que otros dicen. Busqué cómo podría hacer realidad mi lema. Leí. Escuché. Puse atención.
Oí acerca del momento presente, de que el único momento que pudo vivir es el ahora. No puedo vivir el pasado. Ya se fue. Lo puedo revivir repitiendo la película una y otra vez. Pero simplemente estoy en el presente pensando en el pasado. No vivo el pasado. Recordar es vivir el presente repitiendo el pasado.
Tampoco puedo vivir el o en el futuro. Puedo soñar, planear, desear, organizar cosas para el futuro. En ese caso estoy gastando mi presente en imaginar o en crear el futuro. Pero la única manera en que los seres humanos podemos vivir, hasta donde es conocido, es en el presente. Repito, aún cuando gastemos ese tiempo proyectados hacia el pasado o el futuro. De modo que el único momento posible para ser feliz es el presente. Eso me ponía un marco mas específico al cual atender si pretendía ser feliz.
Cuando nacemos somos felices. Un bebé simplemente ESTÁ. Como las flores o los acantilados. Pero el ser humano tiene un ingrediente adicional, que vemos claramente en los bebés: está y además en ese estado es feliz. Cuando tiene necesidades las comunica mediante el llanto. Pero no arrastra el recuerdo del llanto el resto del día. Una vez desaparece la causa, desaparece el llanto y aflora nuevamente la felicidad. Tampoco se enreda con temores por el futuro. Vive su felicidad de manera limpia, llana, sin excusas, sin argumentos, sin razonamientos, sin explicaciones, sin verguenza, sin temor. Es feliz en ese preciso momento.
Solo cuando empieza a construir su ego -léase su coraza, maquillaje, armadura, disfraz, burladero, cueva oscura – empieza a gastar cada vez más y más tiempo en ocuparse – y mucho de él en sufrir – por el pasado y por el futuro, o evadir el presente reviviendo el pasado o en la creación real o mental del futuro. Hasta que se convierte en adulto. Sin embargo, los adultos podemos volver a ser felices. Por supuesto, dado el proceso ‘deformativo’  por el que hemos pasado, eso requiere concentración. Enfoque. Conciencia. Requiere soltar el hábito muchas veces maniático y enfermizo, de enfocarnos en el pasado y en el futuro, mas no en el presente, disfrazándolo de responsabilidad.
Volver a ser felices requiere claridad. Mucha claridad. ¿Qué es eso de la felicidad? Otro concepto humano. Para [volver a] sentirse feliz, algunas veces será necesario poner atención a lo que se siente siendo feliz. En ocasiones lo tenemos tan idealizado que creemos que lo sabremos cuando lo sintamos pero no esperamos que suceda o estamos seguros que solo sucederá cuando xxx. Sin embargo, puede ya estar en nuestra cotidianidad y no lo percibimos. Para mí, la felicidad es una sensación de paz, de equilibrio, de completitud, de bienestar, más o menos eufórica, pues hay felicidades dulces, calmadas y placenteras, así como arrebatadas, ruidosas, plenas de entusiasmo y de expresividad.
Para sentirse feliz hay que soltar creencias. Una común es que habiendo tanto sufrimiento en el mundo, es injusto que yo sea feliz. Atreverse a ser feliz -y a decirlo- en un mundo con hambre, violencia, víctimas, victimarios, dolor, injusticia es más o menos ser un monstruo. O eres un ser extraordinariamente insensible o eres tan ignorante que desconoces todas esas cosas, porque el que sabe que existen simplemente no puede ser feliz sabiendo que existen. Este paradigma está tan aparentemente bien armado en la lógica, que es no es fácil de salir de él.
En principio, esta idea es solo eso. Una idea. El producto de un razonamiento humano -es decir, nada indica que exista por fuera de la esfera del pensamiento humano. Por tanto una creación del hombre, un producto, un resultado de su contemplación y análisis del mundo. Pero la idea ‘si en el mundo hay sufrimiento un ser íntegro, justo, humano (¿perfecto?) no puede ser feliz’ no está inscrito en el cosmos ni en ninguna parte. Es una conclusión a la que hemos llegado y convertimos luego en paradigma. Tampoco negaremos que no tiene su razón de ser, su lógica. Y es que hay un impulso básico en los hombres, llamado solidaridad, compasión, amor al prójimo o como se le quiera llamar, que impulsa a apoyar al otro cuando está en dificultad y sufrimiento. Sin embargo este impulso de ninguna manera implica … ‘y renunciar a ser feliz mientras haya alguien en esa condición’. Son dos cosas bien distintas. Atar la una a la otra tiene una inmensa carga ideológica en la que prefiero no ahondar aquí.
Volviendo a mi etiqueta, Yo soy una mujer feliz, me enfoqué en el SOY. ¿Qué significaba? Soy es algo inherente a mi ser, algo que no pienso en serlo o no, sino que simplemente está en mí. Y estando ahí, hago uso de ello. Como ser morena, o ser conversadora o ser colombiana. Algunas cosas de mi ser las puedo cambiar, otras no (cada vez son menos, ¡ahora hasta se puede cambiar el sexo, que siempre fue algo intrínseco a cada quien!). En fin, lo que soy lo soy estando despierta o dormida, pensando en ello o no. Sea que lo tenga de nacimiento o que lo elegí en el camino.
Entonces ¿cómo era eso de SER feliz? Simplemente verme a mí misma como alguien cuyo estado natural, es tranquilo, reposado, equilibrado, sientiendo gozo, satisfecha (es decir, en estado de completitud, al que nada le falta aunque pueda tener más). Eso es lo que soy. Entonces una de mis tareas en la vida es mantener ese equilibrio. Ocuparme de tomar acción respecto a las cosas que me hacen sentir insatisfecha (este es otro tema aparte que puede ocasionar mucho temor si creemos que nuestras inclinaciones naturales son hacia el desborde, el descontrol, el abuso, o por el contrario, de tranquilidad sabiendo -creyendo- que mis impulsos me inclinan a buscar lo que es bueno para mí y para los demás).
¿Y qué pasa cuando vienen las interferencias externas? ¿Qué pasa cuando hay una catástrofe (ya sabemos como cuando  justo al salir para la fiesta  se mancha el vestido con el cual me veo espectacular o cuando un terremoto asola el país)? ¿Hasta ahí me llegó la felicidad? Porque ¡no puedo pretender seguir feliz sabiendo que esas cosas están ahí, que a otras personas viven de manera inhumana, que otros atropellan y masacran, que muchos sufren violencia física y emocional! Bueno ahí es donde más sirve la etiqueta SOY feliz. ¿Qué tal si dijéramos soy valiente o soy mujer o soy monja o soy prostituta o soy doctora? Soy lo que soy. Y ante esas circunstancias, terribles y dolorosas, salgo con mi traje de lo que soy y hago lo mejor que puedo hacer. ¿Cuál puede ser el resultado?
Para mí, funciona. Salgo siendo una mujer feliz. Salgo a dar lo mejor de mí misma. A apoyar de la mejor forma que puedo apoyar. Sin derrumbarme. Sin permitir que la dura realidad me desequilibre. Sin negociar mi condición, mi SOY. Sin convertirme en víctima. Sin transformarme en uno más de los necesitados de esto y lo otro que hay en el mundo. Salgo a contribuir, a dar. De ninguna manera a quitar.
Y doy de lo que tengo. ¿Será igual recibir apoyo de un amargado que de alguien feliz? ¿Será igual de receptivo una frase, una idea, un consejo, de alguien frustrado, que sufre, que está en necesidad o de alguien equilibrado, en paz, satisfecho, completo, feliz? ¿Qué puede dar una persona enferma de tristeza, de odio, de resentimiento, de dolor, una persona infeliz? ¿Será que eso es lo que va a ayudar a equilibrar al mundo?

¿Quién dijo que tengo que atar mi felicidad a la de otros? ¿Quién dijo que la felicidad era una consecuencia y no puede ser una condición? Yo perfiero hacer uso de mi derecho a elegir.
Se que lo que digo no es fácil de asimilar. Y es más, a muchos les sonará horrible. Lo digo porque así era para mí. Se que me arriessgo mucho al proclamarme feliz. Subsiste un miedo de qué me deparará el futuro que me haga tragar mis palabras. Pero, me arriesgo. Recuerdo una vez más que el universo es mi contexto y al fin y al cabo en menos de 50 años no existirá ni el polvo de mis restos. Y ME ESTÁ FUNCIONANDO. Para bien mío y de quienes están a mi alrededor. Ante esto, no me desgasto con más argumentaciones.

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