Introducción

Hoy veo la vida, mi vida, como un experimento, para nada como un intento fútil, sino como una experiencia que vale la pena realizar con plenitud. Nacer y morir son sus momentos de inicio y fin; y en el intermedio, una gama infinita de opciones para elegir e instrumentos para usar.

Durante casi 50 años, la vida para mí estuvo por sobre todo plena de interrogantes, de cosas que no entendía, de caminos ya trazados sin un para qué, de un querer comprender bajo una perspectiva de que todo podría, debería, tener un orden comprensible. Y un día, de repente, una pequeña decisión trajo cosas grandes y las piezas empezaron a encajar de manera espectacular.

Hoy quiero plasmar aquí mi visión del universo y de la vida humana, con dos propósitos. De una parte, compartir con las personas a quienes amo, las lecciones que he ido comprendiendo con la idea de que eventualmente les puedan ayudar a sortear algún paso difícil o desalentador y aligeren su llegada a un espacio de plenitud y paz como el que yo vivo hoy. Por otra parte, espero que esta acción de transcribir mis conclusiones actuales, que no dudo pueden ir cambiando en el futuro, liberen mi mente y despejen mi atención de pensamientos que rondan permanentemente en mi cabeza, para dar espacio a otras nuevas, como una especie de depuración y limpieza que me permitan renovar ideas y generar nuevos frutos.

Cuando tenía quizá 17 años encontré en casa de mi abuela un libro que de manera persistente capturó mi atención. “La Importancia de Vivir” de Ling Yutan. Durante mucho tiempo lo leí, no de manera secuencial, sino al azar, en cualquier página. Este libro muestra una visión de la cultura oriental en muchos sentidos contraria a mi visión occidental. Toca temas de la vida cotidiana y la naturaleza humana enfocadas a partir del ser y del fluir, desde la sabiduría de la intuición sazonada con la razón. Solamente hoy, al empezar este escrito, reconocí de pronto cómo este libro me habló y me dijo miles de cosas de las que muy vagamente tuve conciencia, que en su momento no identifiqué cómo podía usar y cuán trascendentes eran. Pero me influyeron subterráneamente.

Haber llegado al punto en el que me encuentro es mi mérito. Nadie podría haberme traído aquí si yo no acepto el reto de mirarme, de mirar mi vida, de dedicarle cientos de horas a entenderla, a transformarla, a mejorarla, a abstraer, conceptualizar y experimentar alrededor de y con ella.

Sin embargo, la materia prima, mi vida, ha involucrado a muchas personas que han sido mis maestros, algunas veces lo supieron otras no, pero de todos aprendí, a todos les doy mi reconocimiento y mi agradecimiento.

Podría incluir con una lista de cientos de nombres. Porque durante más de medio siglo he tenido encuentros de años o de solo unos minutos, con cientos y cientos de seres humanos, cada uno con sus propios estilos, creencias, elecciones y formas de llevar la vida; he estado observando, interrogándome, sorprendiéndome y aprendiendo de esa inmensa variedad que hay en cualquier punto y en cualquier lugar. Todos me influenciaron de una u otra forma, de todos aprendí. Muchas veces solo coseché años después, incluso cuando esa persona ya no está en mi vida.

Agradezco a los maestros que me ensañaron sin conocerme, los autores de innumerables libros que me han acompañado durante toda mi vida y han sido fuente algunas veces de respuestas maravillosas y otras de más preguntas y desconcierto, a los cuales también dedico otro espacio.

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